Literatura: CUENTOS DE LA INFANCIA...

…el rugir de leones en el  Zoológico del Cerro San Cristóbal, acompañaba los sueños de la infancia...

El tabletear del fusil ametralladora, espantó el sueño nocturno infantil. Algo sucedía allá afuera... se levantó a “pies pelados” y abrió una contratapa… miró a través de los vidrios y nada… abrió la ventana y cautelosamente se asomó.

...un disparo cercano, le ensordeció por un momento...

...una mujer grita con desesperación mientras corre por el medio de la calle, golpeteando en forma monótona los adoquines con la madera de sus zuecos. Los pantalones "pata de elefante" blancos, están ensangrentados con una mancha que se extiende desde la rodilla hasta la cintura y de allí hasta el seno izquierdo por sobre la blusa...

...no parece herida.

...más disparos... y silencio.

El ruido de las botas que acuden en tropel al trote, se filtra por las hendeduras de las puertas y recorre como un eco los rincones de las habitaciones para luego disiparse en la oscuridad. 

El niño, asomado en la penumbra del segundo piso en calle Francisco Bilbao, no encuentra las fuerzas para estirarse por sobre la ventana y mirar un poco más allá. No alcanza a ver qué sucede... no se atreve a ver qué sucede...  
¡no quiere ver qué sucede!

Luego... un motor… un golpe seco… el motor alejándose y silencio.

Desde el edificio de enfrente -se filtra entre los visillos- la silueta de una mujer que se convulsiona y esconde el rostro entre sus manos... es consolada desde más atrás por la sombra de un hombre a medio vestir.

Días antes, había visto aviones surcar el celeste cielo de Providencia, rumbo a la cordillera. Pero esto, fue precedido a tempranas horas por el paso de tanques y tanquetas albiblancas que iniciaron viaje a dos cuadras de la casa familiar, estremeciendo a su paso, hasta los cimientos de las construcciones del antiguo barrio. Ese día lo habían devuelto del colegio y observó desde la ventana, el enojo en las caras de los uniformados que coronaban las cúpulas de los vehículos de guerra y miraban cada puerta y ventana... que escudriñaban cada planta  de los jardines en aquel tranquilo vecindario.

Más tarde, alguien avisó de un incendio en el centro, subió y se sentó a mirar -desde la techumbre más alta-  una columna de humo negro que en el sector norponiente, se inclinaba con el viento.  De pronto dos Hucker Hunter -que así se llamaban los aviones- rasgaron el aire con un trueno y el impúber, bajó presuroso por el boquete del tragaluz, se descolgó por la puerta y atravesó el “potrero” de su casa pàra brincar a los techos e ir a resguardar a su septuagenaria bisabuela.  Juntos, -como siempre- encontraron la serenidad caminando por el extenso patio de la casa, alimentando las aves bajo los  recientes brotes florecidos de los árboles.

Patos y gallinas, eran extraños habitantes para una comuna "pirula", sin embargo, el niño nunca cuestionó eso a los acompañantes de la abuela que, también, fueron sus compañeros de juego desde la más tierna infancia; ayudándole incluso a conocer amigos cuando se volaban y tenía que buscarlos por el vecindario. "El Pepe", por ejemplo, gallo robusto de plumaje colorido y cola con visos de azul tornasoleado, un verdadero crestón que le "paraba espuelas" a todo el que se le acercara; comía manso y aceptaba los cariños de la pequeña mano infantil. 

Más tarde, el biznieto y "su Mama" -La Mama le decían-, sentados en una banca, almorzaron unas papas cocinadas con leña en una olla enlozada azul con pintas blancas. Sabor incomparable que sólo sería encontrado algunas décadas más tarde en un desconocido pueblito sureño.  El postre, pulpa de manzana que ella iba raspando con una antigua cuchara de bronce -gastada en la punta- y con una maestría tal que quedaba intacto el envoltorio de la fruta. Finalmente, la aromática infusión: el "agüita de paico pa' la guatita" -decía ella-.

Mientras ella se tendió a reposar en su catre de bronceadas perillas -varias de ellas perdidas por el juego de las bolitas- llegó la hora de la entretención en la mágica habitación del piano.  Sobre un atril, daba la bienvenida una pequeña Virgen de cara policromada con un niño en brazos, arropada con las artes de la confección, aprendida por la anciana en Gath & Chavez; cuando corría la década del mil novecientos veinte.

En el intertanto, la radio a tubos marca "Guelrad", se reflejaba en el espejo de cristal biselado de la habitación contigua, repitiendo sus mensajes:

"Se advierte a los ciudadanos que cualquier intento..."  

El piano, era un armatoste negro y maravilloso, con bruñidos pedales de bronce que parecían insuflar aire al presionarlos, patas delicadamente torneadas, tallados finísismos y un mundo de teclas y cuerdas por descubrir en sus entrañas. L
a habitación, estaba permanentemente iluminada por amplias ventanas que, hacían descender oblicuamente la luz en círculos y rectángulos atiborrados de minúsculas partículas danzantes que se estrellaban en el piso y volvían a elevarse. Sobre una mesa de trabajo, el tintero, estampillas, recibos para sus arrendatarios, papeles notariales en desorden; casi cayéndose sobre el compartimiento de madera que contenía doce vinos Santa Rita, tintos. El centro de la habitación lo ocupaba una máquina de coser marca "Anker" con una negra figura curvilínea y antiguas letras doradas. Sin embargo, pese al sitial de honor, ya no era utilizada, salvo para reparar -"de cuando en vez"-, una deshilachada y desteñida bandera chilena de tocuyo y, tal vez, una que otra "pilcha" de salida.

La magia, se acabó luego de haberle arrancado unas cuantas notas forzadas al piano y gentilmente, el niño, fue  invitado a salir de la habitación; era hora de volver a casa. Se le hizo repetir el mesaje que tenía que transmitir:

"Se advierte a los ciudadanos que cualquier intento... "

La voz de la radio, parecía provenir de un campesino enojado... ¿por qué estaría enojado el campesino de la radio?

...la mente infantil no conectaba los hechos y todo instante parecía un nuevo juego de misiones, mensajes secretos y espías de los cuales, el héroe de nueve años, debía cuidarse de cumplir y transmitir con fidelidad los unos y cuidarse de los otros -aunque en su casa nunca se habló de política-...

...los disparos, la mujer corriendo en la calle, las botas, el humo, los tanques, los aviones... nada estaba conexo, todo era irreal y fugaz.  Partes independientes de la realidad de un mundo que comenzaba recién a comprenderse...

En algunas casas del barrio, se mezcló el olor a tierra removida con el  humo de las quemas apresuradas: libros, posters de un señor con barba y banderas rojas. Ese fue el secreto privilegio que otorgaba el conocer y curiosear en la cuadra por arriba de los techos...

Las voces alegres y sonoras de los adultos, se tornaron opacas y llenas de murmullos con múltiples  recomendaciones para los niños: "no converse con extraños", "que no le tomen fotos", "no cuente a nadie lo que se habla en la casa".  La excepción, era el hasta ese entonces simpático matrimonio vecino, que comenzó a recriminarse diariamente a viva voz por algo relacionado con un paquete de algo... que nunca se alcanzó a escuchar que era ni donde estaba.

Ya de vuelta en el colegio -las profesoras- parecían asustadas y miraban constantemente por las ventanas, interrumpiéndose mutuamente en las clases para ir a contar sus secretos. Los niños, ajenos al trajín, se alegraban cuando les hacían cantar "El Jibarito" y "Cantarito de Greda". También, galopaba la euforia con el toque de campana para el recreo e ir con la señora Elsa -de la cocina- a atiborrarse de galletas con letras talladas: J.N.A.E.B.

...la leche aguachenta que no era vomitada por los niños a los que forzaban a tomársela, quedaba esparcida en los jardines como blanco vestigio de la repugnancia escolar...

…el rugir de leones en el Zoológico del Cerro San Cristóbal, acompañaba los sueños de la infancia...

... pero a partir de esa noche... ya nunca volvieron a escucharse como antes. 

El piano... una vez fallecida la anciana, allá por los ochentas, se pudrió bajo la lluvia de otra comuna...

...el niño... soy y...

...ESE NIÑO... me contó la historia para que la publicase.

 

Nota: excepcionalmente en el caso de este relato no se responderá a ningún comentario en forma pública.

 Ventana Cultural de Lanco

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Comentarios

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